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Presbítero José Inés: medio siglo de fe, caminos y evangelio

A sus 50 años de ordenación sacerdotal, el padre Domínguez García abre las puertas de su memoria para recorrer una vida marcada por la fe, el amor familiar, el servicio pastoral y una convicción que permanece intacta: volvería a entregar su vida a Cristo sin dudarlo.

Por Rigoberto González

La misa de las seis de la tarde acababa de concluir en la parroquia de San Judas Tadeo, afuera, el calor que durante todo el día había dominado Ciudad Valles comenzaba finalmente a ceder, no era precisamente fresco, pero el sol ya había perdido la fuerza abrasadora de las horas anteriores y una brisa ligera empezaba a recorrer el atrio.

Los últimos fieles aún permanecían al interior de la Iglesia, mientras otros caminaban lentamente hacia la calle.

Al sacerdote lo encontramos en la sacristía.

El padre José Inés Domínguez García parecía listo para concluir la jornada, después de todo, acababa de terminar una misa más dentro de una rutina sacerdotal que ha mantenido durante cinco décadas.

El presbítero acomodaba tranquilamente algunos objetos cuando nos acercamos.

Al escuchar el motivo de nuestra visita sonrió.

No era la sonrisa protocolaria de quien cumple con una obligación, era la sonrisa sencilla y afable de quien parece haber aprendido a recibir a toda persona como si se tratara de un viejo conocido.

Nos invitó a pasar.

Primero caminamos hacia la biblioteca parroquial. Ahí imaginamos que se desarrollaría la conversación. Sin embargo, después de observar el lugar durante unos segundos, consideró que el aire libre sería mejor opción.

—Aquí adentro todavía está muy encerrado —comentó.

Entonces optó por la cochera.

Las sombras comenzaban a extenderse sobre el pavimento. Algunas aves revoloteaban por los árboles cercanos y el ruido de uno que otro vehículo llegaba amortiguado desde la calle. Acomodamos las sillas formando un pequeño círculo. El padre tomó asiento frente a nosotros.

Cruzó ligeramente las manos y adoptó una postura que recordaba a la de quien está dispuesto a escuchar una confesión.

La diferencia era que aquella tarde ocurriría exactamente lo contrario.

Sería él quien abriría su corazón.

Sería él quien recorrería, palabra por palabra, más de ocho décadas de recuerdos.

Sería él quien nos permitiría entrar en espacios profundamente personales de una vida marcada por la fe.

La primera pregunta parecía sencilla.

¿Dónde nació y cómo recuerda su infancia?

Pero la respuesta tardó algunos segundos en llegar.

El padre guardó silencio.

No era un silencio de duda.

Era el silencio de quien acaba de abrir una puerta que conduce a otro tiempo.

Su mirada dejó por un momento el patio de la parroquia y pareció perderse a cientos de kilómetros de distancia, en otro estado, en otra época, en un México completamente diferente al actual.

Cuando comenzó a hablar ya no estaba en Ciudad Valles.

Había regresado a Guadalajara.

Había regresado a los años cuarenta.

Había regresado a su niñez.

Nació el 29 de abril de 1944 en Guadalajara, Jalisco, en una familia numerosa donde la fe, el trabajo y el cariño mutuo formaban parte de la vida cotidiana. Mientras hablaba de aquellos años, algo cambiaba en su expresión.

El rostro adquiría una suavidad especial.

Las palabras salían más despacio.

Había en su voz un evidente dejo de nostalgia, como si cada recuerdo trajera consigo el aroma de una casa que nunca abandonó completamente.

Recordó a su padre, don José Guadalupe Domínguez, y a su madre, doña María García. Habló de sus hermanos, de los juegos infantiles, de la vida sencilla de aquellos tiempos. Fue el tercero de nueve hijos, aunque los dos primeros fallecieron siendo muy pequeños.

Por esa razón heredó el nombre del primero de ellos: José Inés.

Sin embargo, cuando menciona a su padre, la conversación adquiere otro tono.

Sus ojos parecen iluminarse.

La sonrisa aparece casi de inmediato.

Y entonces comparte una imagen aparentemente sencilla, pero que revela mucho sobre la clase de hogar en el que creció.

Cuenta que cuando tenía tres o cuatro años le gustaba fingir que estaba dormido al momento en que su padre regresaba del trabajo.

Esperaba.

Escuchaba los pasos.

Permanecía inmóvil.

Y cuando don José Guadalupe lo veía acostado, lo levantaba en brazos.

—Para mí era una delicia —dice sonriendo.

La frase parece pequeña, pero encierra una enorme carga emocional.

Mientras la pronuncia, el sacerdote de ochenta y dos años parece convertirse nuevamente en aquel niño que esperaba el regreso de su padre al final de la jornada.

—Ese amor paterno me marcó mucho.

No hace falta preguntarle más.

La emoción con que lo recuerda explica por sí sola la huella que aquel hombre dejó en su vida.

También habla de su madre con enorme cariño.

Habla de sus abuelos. Particularmente de su abuela Candelaria, a quien reconoce como una influencia decisiva en su formación espiritual.

En aquellos años la familia vivía muy cerca de la capilla de Santa Teresita. La vida parroquial formaba parte natural de la existencia cotidiana. No se trataba únicamente de asistir a misa. Era una forma de convivir, de relacionarse y de entender el mundo.

Las historias de los santos ocupaban un lugar importante en su formación. Recuerda las revistas «Vidas Ejemplares» que circulaban entonces entre las familias católicas. Habla de San José, de San Gerardo Mayela, de San Camilo de Lelis y de Santa Teresita del Niño Jesús como si hablara de viejos amigos que lo acompañaron durante toda la vida.

Sin embargo, entre todos los recuerdos de infancia hay uno que conserva una nitidez extraordinaria.

Apenas tenía alrededor de cinco años.

Una tarde observó pasar a un grupo de jóvenes por la calle.

No sabía quiénes eran.

No sabía de dónde venían.

No sabía hacia dónde iban.

Pero uno de ellos llamó poderosamente su atención.

—Le vi un rostro muy luminoso.

Hace una pausa.

La escena parece seguir viva dentro de él.

—Era un rostro muy atractivo, muy luminoso. Yo dije: “Yo quiero ser como él”.

Mucho tiempo después descubriría que aquellos muchachos eran seminaristas.

Hoy, al recordar el episodio más de setenta años después, sigue convencido de que aquel instante fue mucho más que una casualidad.

Fue el comienzo de su vocación.

La primera llamada.

La primera semilla.

El primer susurro de Dios.

Y mientras relata aquella experiencia, la mirada vuelve a brillar.

Es el mismo brillo que aparecerá una y otra vez a lo largo de la entrevista cada vez que menciona a Dios, la Eucaristía o las Sagradas Escrituras.

Porque si algo queda claro desde los primeros minutos de conversación es que para el padre José Inés la vocación sacerdotal no fue una decisión repentina.

Fue una historia que Dios comenzó a escribir desde la infancia.

Una historia que empezó en las calles de Guadalajara mucho antes de que él pudiera comprenderlo.

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El joven obrero

La vocación estaba ahí desde la infancia, pero el camino hacia el sacerdocio no fue inmediato.

A diferencia de otros seminaristas que ingresan siendo adolescentes, José Inés pasó primero por el mundo del trabajo. Terminó la primaria y comenzó a ayudar a su padre como peón de albañil, eran años en los que los hijos aprendían desde muy pequeños el valor del esfuerzo, no existían demasiadas opciones.

Se trabajaba porque la familia lo necesitaba y porque el trabajo era considerado una escuela de vida.

Después de algún tiempo, su padre comprendió que aquel oficio no era precisamente el que mejor se adaptaba a él, gracias a las relaciones laborales que había construido, consiguió que un conocido le enseñara otro trabajo: el tejido de telas para suéteres.

Aquella nueva ocupación parecía ofrecerle un futuro estable.

Aprendió rápido.

Era responsable.

Cumplía con sus obligaciones.

Todo indicaba que la vida seguiría por ese rumbo.

Pero Dios tenía otros planes.

Mientras recuerda aquellos años, el sacerdote sonríe con cierta incredulidad, como si todavía le sorprendiera la manera en que ocurrieron las cosas.

Tenía diecisiete años.

Una tarde se encontraba trabajando junto a la maquinar había realizado aquella rutina muchas veces. Nada parecía diferente. Sin embargo, mientras doblaba unas telas, una idea apareció repentinamente en su mente.

No fue una voz.

No fue una visión.

No fue un acontecimiento extraordinario.

Fue simplemente una certeza.

Una frase.

Una de esas frases que llegan sin anunciarse y que terminan cambiando una vida entera.

—Si no es ahora, ya no va a ser.

La recuerda palabra por palabra.

La fuerza de aquel pensamiento fue tan grande que ya no pudo ignorarlo.

Cuando llegó el fin de semana y recibió su pago, buscó a su patrón.

—Ya no voy a venir el lunes.

El hombre lo observó sorprendido.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

—Voy al seminario.

La decisión estaba tomada.

Pero las pruebas apenas comenzaban.

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El seminario

Aunque había recibido una carta de aceptación para ingresar al seminario, las dudas aparecieron cuando se acercaba la fecha.

Tenía diecisiete años.

Había trabajado.

Conocía el mundo exterior.

Y la idea de permanecer dentro de un seminario durante tantos años comenzó a inquietarlo.

Pensaba que encontraría un ambiente demasiado rígido.

Demasiado serio.

Demasiado encerrado.

El día señalado para ingresar era el 23 de octubre de 1961.

No fue.

Simplemente no se presentó.

Pensó que tal vez aquella vida no era para él.

Pero Dios volvió a salirle al encuentro a través de personas sencillas.

Uno de sus catequistas se enteró de que no había ingresado y decidió buscarlo.

—¿Por qué no fuiste?

José Inés intentó justificar su decisión.

El catequista insistió.

Le habló de otro seminario.

Uno diferente.

Un lugar donde quizá se sentiría más cómodo.

Aquel hombre tomó prácticamente de la mano al futuro sacerdote y lo llevó a conocer el Seminario Interdiocesano de San Juan de los Lagos.

Todavía hoy recuerda aquel momento como una intervención providencial.

—El Señor quiso que alguien me orientara.

Pocos días después tomó una decisión definitiva.

El 11 de noviembre de 1961 cruzó las puertas del seminario.

No imaginaba que aquel paso marcaría los siguientes quince años de su existencia.

La formación era exigente.

Comenzó prácticamente con estudios básicos.

Había llegado únicamente con la primaria terminada.

Pronto tuvo que enfrentarse a materias que iban desde gramática española y latín hasta filosofía, metafísica, antropología, biología, química, física, teología y Sagradas Escrituras.

La lista parecía interminable.

Años después confesaría que hubo momentos en los que el camino le pareció excesivamente largo.

Mientras otros amigos formaban familias, conseguían trabajos estables o construían proyectos personales, él continuaba estudiando.

El sacerdocio parecía una meta lejana.

Hubo cansancio.

Hubo incertidumbre.

Hubo momentos de desánimo.

Sin embargo, ocurrió algo que terminó sosteniéndolo.

Algo que todavía hoy menciona con visible emoción.

Las Sagradas Escrituras.

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La Palabra

Cuando la conversación llega a este punto, el padre José Inés cambia ligeramente de postura.

La voz adquiere más fuerza.

La mirada se ilumina.

Habla con entusiasmo.

Con pasión.

Con la alegría de quien habla de algo profundamente amado.

Recuerda que durante los primeros años de formación la Biblia no le decía demasiado.

La leía.

La estudiaba.

Pero no lograba comprender toda su riqueza.

Utiliza una imagen muy gráfica.

—Parecía que tenía en mis manos un palo seco con hojas muertas.

Sin embargo, algo cambió durante los años de teología.

Gracias a algunos maestros comenzó a descubrir la profundidad espiritual de la Palabra de Dios.

Lo que antes parecía un texto difícil comenzó a cobrar vida.

Las páginas empezaron a hablarle.

Las historias bíblicas dejaron de ser acontecimientos lejanos para convertirse en experiencias profundamente humanas y espirituales.

—Sentí que Dios me abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Mientras lo explica, resulta evidente que no se trata solamente de un recuerdo académico.

Habla de una experiencia espiritual.

De un encuentro.

De un descubrimiento que marcó para siempre su ministerio.

Incluso hoy considera que aquel don sigue acompañándolo.

—Eso es lo que me ha ayudado a seguir adelante.

Quizá por eso, durante toda la entrevista, cada vez que menciona la Biblia, la mirada vuelve a adquirir aquel brillo que ya había aparecido cuando hablaba de su vocación.

Es el brillo de quien ha encontrado algo que sigue maravillándolo después de más de medio siglo.

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La promesa

Hay otro episodio que ocupa un lugar muy especial en su memoria.

Lo relata con emoción.

Lo aprendió de labios de su propio padre.

Ocurrió cuando apenas era un bebé.

Don José Guadalupe enfermó gravemente.

La preocupación invadió a la familia.

Entonces su madre hizo una promesa.

Si Dios permitía la recuperación de su esposo, caminarían desde Guadalajara hasta San Juan de los Lagos para agradecer el favor recibido.

El hombre sanó.

Y la promesa se cumplió.

Con José Inés en brazos, siendo apenas un niño de meses, emprendieron la peregrinación.

Caminaron durante días.

Bajo el sol.

Bajo el cansancio.

Bajo el peso de la fe.

Cuando finalmente llegaron al santuario de la Virgen de San Juan de los Lagos, el agotamiento era total.

Entraron de rodillas.

Llegaron hasta el altar.

Y ocurrió algo que su padre jamás olvidó.

—Decía que se les quitó todo el cansancio.

Ni él.

Ni su madre.

Ni su abuela.

Ninguno sentía ya el peso del camino recorrido.

Años después, el sacerdote reflexionaría muchas veces sobre aquella experiencia.

Incluso llegó a pensar que tal vez desde aquel momento la Virgen había tomado de la mano su vocación.

Como un regalo para aquellos padres que habían realizado semejante acto de fe.

Por eso, cuando habla de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, la emoción se vuelve evidente.

La considera parte fundamental de su historia.

Parte fundamental de su llamado.

Parte fundamental de su sacerdocio.

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La ordenación

La noche avanzaba lentamente sobre la parroquia de San Judas Tadeo, las luces exteriores ya iluminaban el patio y la conversación seguía fluyendo con naturalidad, a esas alturas de la entrevista era evidente que el padre José Inés no estaba relatando simplemente una cronología de acontecimientos.

Estaba reconstruyendo una vida.

Cada respuesta parecía conectarse con la anterior como si todas las etapas, desde aquella infancia en Guadalajara hasta el sacerdocio, formaran parte de una misma historia cuidadosamente trazada.

En algún momento, a lo lejos, se escuchó el sonido del ferrocarril.

El sonido atravesó el silencio de la noche vallense.

El sacerdote guardó unos segundos de silencio.

Fue entonces cuando la conversación llegó a uno de los momentos más importantes de su existencia.

La ordenación sacerdotal.

Habían pasado quince años desde su ingreso al seminario.

Quince años de estudios.

Quince años de disciplina.

Quince años de oración.

Quince años de preparación para un momento que cambiaría definitivamente su vida.

El 24 de febrero de 1976 recibió el diaconado.

Apenas unos meses después llegaría la fecha definitiva.

El 30 de mayo de 1976.

La Santa Iglesia Catedral de Ciudad Valles.

El obispo José Melgoza Osorio.

La familia reunida.

Los amigos.

Los compañeros de formación.

Los sacerdotes.

La comunidad.

Mientras recuerda aquella jornada, la voz se vuelve más pausada.

No porque la memoria le falle.

Al contrario.

Porque los recuerdos parecen conservar una intensidad especial.

—Lo que recuerdo mucho es la presencia de mi familia.

La respuesta llega casi de inmediato.

Sus padres habían acompañado todo el proceso vocacional.

Nunca lo abandonaron.

Nunca dejaron de apoyarlo.

Nunca permitieron que se sintiera solo.

Durante años hicieron sacrificios para ayudarlo en los estudios.

Su padre incluso encontraba la manera de visitarlo cuando los recursos escaseaban.

Por eso, al llegar el día de la ordenación, la presencia familiar tenía un significado profundo.

No era solamente la culminación de una vocación personal.

Era también el fruto de una familia que había caminado junto a él.

Luego recuerda el instante en que el obispo impuso las manos sobre su cabeza.

Guarda silencio.

Parece revivirlo.

Y finalmente responde.

—Pensé que esas manos quedarían dedicadas para siempre a la Eucaristía.

No menciona aplausos.

No menciona festejos.

No menciona reconocimientos.

Lo primero que viene a su memoria es el altar.

La consagración.

La bendición.

El servicio.

Al día siguiente celebró su primera misa en Guadalajara.

El sueño del muchacho que había visto pasar a un seminarista de rostro luminoso finalmente se había cumplido.

Ahora él también era sacerdote.

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Alaquines

Si la ordenación representó el inicio formal del ministerio, Alaquines se convirtió en la primera gran escuela pastoral.

Llegó inicialmente a Tamuín como vicario.

Permaneció apenas unos meses.

Después recibió su primer nombramiento parroquial.

San José de los Montes, en Alaquines.

Corría enero de 1977.

Las condiciones eran muy distintas a las actuales.

Muchas comunidades permanecían prácticamente aisladas.

Las carreteras eran escasas.

Los vehículos no llegaban a numerosos lugares.

La evangelización exigía recorrer largas distancias a caballo o caminando.

Cuando habla de aquella etapa aparece una mezcla de nostalgia y admiración.

Nostalgia por los años vividos.

Admiración por la fe de aquellas comunidades.

Había días en que iniciaba los recorridos antes del amanecer.

Horas enteras montando caballo.

Caminos de terracería.

Veredas.

Montañas.

Ríos.

Todo formaba parte de la rutina sacerdotal.

El cansancio era constante.

Tanto que una experiencia quedó grabada para siempre en su memoria.

Después de varias horas de recorrido llegó a una comunidad donde debía atender a los fieles.

Pidió descansar unos momentos antes de comenzar.

Encontró un pequeño espacio donde recostarse.

El agotamiento pudo más.

Se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó creyó que habían pasado apenas unos minutos.

Habían transcurrido ocho horas.

De las diez de la mañana hasta las seis de la tarde.

Lo más sorprendente vino después.

La gente seguía ahí.

Esperándolo.

Nadie se había ido.

Nadie se había molestado.

Nadie había reclamado.

Simplemente aguardaban la llegada de su sacerdote.

—Entonces ya me levanté y me puse a trabajar.

Lo cuenta sonriendo.

Pero detrás de la anécdota aparece una realidad que marcó profundamente aquellos años: la enorme sed espiritual de las comunidades.

Las confesiones podían durar horas.

Las celebraciones reunían a decenas o cientos de personas.

La fe ocupaba un lugar central en la vida cotidiana.

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Otro continente

Si Alaquines representó una escuela pastoral exigente, San Martín Chalchicuautla significó una transformación cultural.

En 1991 recibió el nombramiento para aquella parroquia.

Permanecería ahí casi veinticinco años.

Al recordar la transición utiliza una expresión que provoca una sonrisa inmediata.

—Sentí que había llegado a otro continente.

La frase resume perfectamente la impresión inicial.

Lenguas distintas.

Costumbres distintas.

Tradiciones distintas.

Formas distintas de entender la vida.

Las comunidades náhuatl representaban una riqueza cultural enorme.

Y también un desafío para cualquier sacerdote que llegara desde otro contexto.

Sin embargo, nunca habla de dificultades.

Habla de aprendizaje.

Habla de respeto.

Habla de encuentro.

Reconoce el enorme apoyo que recibió de catequistas, coordinadores y agentes de pastoral.

Fueron ellos quienes le ayudaron a comprender las costumbres locales.

Quienes le enseñaron a valorar la riqueza de aquellos pueblos.

Quienes facilitaron el trabajo evangelizador.

Con el paso de los años se construyó una relación de confianza.

De cercanía.

De colaboración.

Durante aquel periodo surgieron numerosas iniciativas pastorales.

Las Pascuas Juveniles se realizaron de manera ininterrumpida durante aproximadamente veinticinco años.

Se fortalecieron comunidades familiares.

Se organizaron ministerios laicales.

Se formaron agentes de pastoral.

Se rehabilitaron capillas.

Se construyeron nuevos espacios de evangelización.

Pero más allá de las obras materiales, lo que parece llenarlo de satisfacción es el trabajo realizado junto a la gente.

Siempre habla en plural.

Nunca se atribuye méritos individuales.

Siempre insiste en el esfuerzo comunitario.

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El cansancio

Cuando se le pregunta por la experiencia más difícil de su vida sacerdotal, la respuesta resulta inesperada.

Muchos esperarían historias de conflictos.

De problemas.

De incomprensiones.

De momentos dramáticos.

Pero él responde algo mucho más humano.

—El cansancio.

Lo dice sin dramatismo.

Sin victimismo.

Simplemente como una realidad permanente del ministerio.

Cincuenta años escuchando problemas.

Cincuenta años celebrando sacramentos.

Cincuenta años visitando comunidades.

Cincuenta años acompañando enfermos.

Cincuenta años atendiendo necesidades espirituales.

El cansancio forma parte natural de ese recorrido.

Sin embargo, cuando se le pregunta si alguna vez ha sentido soledad, responde con absoluta seguridad.

—Gracias a Dios, no.

La respuesta sorprende.

Explica que nunca experimentó esa soledad profunda que lleva al desánimo.

Siempre encontró compañía en Dios.

En la comunidad.

En la familia.

En sus hermanos sacerdotes.

Incluso después de décadas de ministerio conserva una serenidad interior difícil de ignorar.

La preocupación

Hay un momento de la entrevista donde la expresión cambia.

La sonrisa desaparece.

La mirada se vuelve más seria.

Más reflexiva.

Más preocupada.

Ocurre cuando se le pregunta por la escasez de vocaciones sacerdotales.

La respuesta llega después de unos segundos de reflexión.

—La causa principal es el abandono de Dios.

No habla desde la condena.

Habla desde la preocupación pastoral.

Considera que muchas familias han dejado de transmitir la fe a las nuevas generaciones.

Que la oración ha perdido espacio dentro de los hogares.

Que la vida sacramental ya no ocupa el lugar que tuvo en otras épocas.

Recuerda cómo durante su juventud cientos de adolescentes acudían regularmente a confesarse.

Cómo la vida parroquial era el centro de muchas actividades familiares.

Cómo las asociaciones religiosas reunían a niños y jóvenes.

Hoy observa una realidad distinta.

Más acelerada.

Más individualista.

Más distante de la experiencia religiosa.

—Si se abandona a Dios, se pierde la evangelización.

Y si desaparece la evangelización, añade, difícilmente surgirán nuevas vocaciones.

Habla con firmeza.

Con convicción.

Con la preocupación de quien ha dedicado medio siglo a trabajar por la Iglesia.

Sin duda

La noche ya domina completamente el patio de la parroquia.

Las conversaciones han terminado.

Los últimos movimientos dentro del templo prácticamente han cesado.

La entrevista se acerca al final.

Entonces llega una pregunta sencilla.

Una pregunta capaz de resumir toda una existencia.

—Padre, si pudiera volver a comenzar su vida, ¿volvería a ser sacerdote?

La respuesta es inmediata.

No reflexiona.

No duda.

No analiza.

Simplemente responde.

—Sí.

Hace una breve pausa.

Y agrega con absoluta firmeza:

—Sin duda.

La respuesta queda suspendida unos segundos en el aire.

Y quizá no hace falta nada más.

Porque después de escuchar su historia completa, desde aquella infancia en Guadalajara hasta sus cincuenta años de ministerio sacerdotal, resulta evidente que no se trata de una frase hecha.

Es una convicción.

La convicción de un hombre que encontró el sentido de su vida respondiendo al llamado de Dios.

Antes de despedirnos le pedimos un mensaje para los fieles.

Piensa unos momentos.

Luego recurre a la misma fuente que ha alimentado toda su existencia.

La Palabra de Dios.

No cita un discurso propio.

No improvisa reflexiones.

Prefiere tomar las palabras del apóstol San Pedro.

Las pronuncia lentamente.

Como quien desea que permanezcan grabadas en el corazón de quien las escucha.

—Ante todo, veneren en su corazón a Cristo como Señor.

La cita pertenece a la Primera Carta de Pedro, capítulo 3, versículo 15.

Quizá también sea la mejor síntesis posible de la vida del padre José Inés Domínguez García.

Porque después de cincuenta años de sacerdocio, miles de homilías, incontables confesiones, comunidades enteras evangelizadas y generaciones de fieles acompañadas, su historia puede resumirse precisamente en eso:

darle a Cristo el primer lugar en el corazón.