Un estudio del COLSAN y la UNAM revela cómo los bajos precios, los intermediarios y estándares de calidad impuestos desde fuera están arrinconando a los productores de la región
HUASTECA POTOSINA.— El café que durante generaciones representó sustento, identidad y orgullo para cientos de familias campesinas de la Huasteca Potosina está perdiendo terreno.
Y los números son contundentes.
La superficie sembrada de café en la región pasó de 36 mil 541 hectáreas en 1983 a apenas 16 mil 148 en 2024.
En poco más de cuatro décadas desaparecieron 20 mil 393 hectáreas de cafetales.
Detrás de esa caída no estaría la falta de condiciones naturales para producir café. Por el contrario, investigadores del Colegio de San Luis y la Universidad Nacional Autónoma de México encontraron que la Huasteca mantiene condiciones favorables para el cultivo de café de altura.
La investigación, titulada “Los estándares de calidad y sus implicaciones en la producción campesina de café en la Huasteca Potosina”, fue publicada en febrero de 2026 en la Revista Chapingo Serie Agricultura Tropical y analiza las dificultades que enfrentan los pequeños productores.
EL PROBLEMA NO ES LA TIERRA
La región cuenta con temperaturas que rondan entre los 18 y 22 grados centígrados y zonas cafetaleras ubicadas aproximadamente entre los 800 y mil 800 metros sobre el nivel del mar, condiciones favorables para obtener café de calidad.
Entonces, ¿por qué cada vez se produce menos?
Los investigadores encontraron que una parte importante del problema se encuentra en la forma en que se define qué café es considerado “bueno” y cuál es catalogado como “malo”.
Los estándares comerciales exigen procesos y controles que resultan difíciles de asumir para pequeños campesinos: infraestructura para el beneficio húmedo, maquinaria, mediciones de humedad, clasificación por tamaño y otros procedimientos que requieren inversión.
Mientras tanto, muchas familias continúan utilizando conocimientos heredados de sus padres y abuelos.
Secan el café al sol, utilizan métodos tradicionales y destinan una parte importante de la cosecha al consumo familiar.
Pero cuando el producto llega al mercado aparece otro problema: los intermediarios.
EL MERCADO LO CASTIGA
Los llamados “coyotes” compran la producción y utilizan los criterios comerciales de calidad para determinar cuánto están dispuestos a pagar.
El resultado es un círculo difícil de romper.
Si el productor no puede invertir en los procesos exigidos, su café es considerado de menor calidad.
Si se considera de menor calidad, recibe un precio más bajo.
Y si el precio no permite recuperar el esfuerzo invertido durante todo un año, producir café deja de ser rentable.
Uno de los productores entrevistados resume el problema de manera sencilla: “Lo vendes a 20 pesos el kilo, no te conviene”.
La consecuencia no solamente es económica.
Cuando una familia deja de encontrar rentable el cultivo, también comienza a abandonar una actividad que forma parte de la identidad de las comunidades serranas.
PRODUCTORES TERMINAN CREYENDO QUE SU CAFÉ ES “MALO”
Uno de los aspectos más preocupantes documentados por la investigación es que el discurso comercial termina siendo interiorizado por los propios productores.
Campesinos entrevistados reconocen que durante años han escuchado que su café es de baja calidad.
“No sabemos cómo producir un café bueno”, señala uno de ellos.
Otro productor afirma que su café “es malo” porque así se lo han dicho quienes lo compran.
Sin embargo, los investigadores cuestionan precisamente esa idea.
La llamada “mala calidad” no necesariamente refleja las características reales del producto, sino un sistema de evaluación construido bajo criterios que favorecen a quienes cuentan con mayor capacidad económica y tecnológica.
EL NEGOCIO ESTÁ EN EL VOLUMEN
Otro problema identificado es la presión para modificar las variedades cultivadas.
Los investigadores señalan la participación de grandes empresas comercializadoras en el mercado mexicano y el impulso hacia variedades como la Robusta, que ofrece mayor volumen de producción, frente a la Arábica, tradicionalmente asociada con cafés de mayor calidad.
Para los productores, el cambio no significa solamente sustituir una planta por otra.
También implica modificar una tradición agrícola transmitida durante generaciones.
Y en una región donde el café forma parte de la vida cotidiana, abandonar las variedades tradicionales representa también una pérdida cultural.
20 MIL HECTÁREAS MENOS NO SON SOLO UN DATO
La caída de la superficie cafetalera representa mucho más que una estadística agrícola.
Son tierras que dejaron de producir.
Son familias que han tenido que buscar otras fuentes de ingreso.
Son conocimientos que pueden desaparecer.
Y son comunidades rurales cada vez más alejadas de una actividad que durante décadas les permitió sostenerse.
El contraste con otras entidades productoras muestra además la enorme brecha que existe.
Mientras Chiapas y Veracruz concentran una producción cafetalera mucho mayor, San Luis Potosí ocupa una posición mucho más pequeña dentro del mercado nacional.
Pero el problema de la Huasteca no parece ser la falta de capacidad de sus tierras.
El verdadero desafío está en que producir café ya no resulta rentable para muchas familias campesinas.
EL CAFÉ HUASTECO PODRÍA ESTAR DESAPARECIENDO EN SILENCIO
La investigación advierte que, si no se modifican las condiciones que enfrentan los pequeños productores, la superficie dedicada al café continuará reduciéndose.
Y con ella podría desaparecer parte de los conocimientos, prácticas y formas de vida que durante generaciones han acompañado a las comunidades de la Huasteca.
Los productores defienden sus métodos tradicionales y recuerdan que buena parte de sus cultivos se mantiene sin fertilizantes ni herbicidas.
“El café es orgánico de naturaleza”, sostiene uno de ellos.
La discusión, por tanto, no solamente debería centrarse en cuánto produce una hectárea o cuánto cuesta un kilo.
También está en juego quién decide qué es un café de calidad, quién fija su precio y cuánto vale realmente el trabajo de quien lo cultiva.
Porque mientras los productores reciben cada vez menos por su cosecha, la Huasteca continúa perdiendo hectáreas de cafetales.
En 1983 eran 36 mil 541.
En 2024 quedaban 16 mil 148.
Más de 20 mil hectáreas desaparecieron en 41 años.
Y si nada cambia, el riesgo es que el café huasteco termine sobreviviendo únicamente en la memoria de quienes alguna vez lo cultivaron.