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Hasta 3 mil litros de agua por cada kilo de azúcar

La producción de caña está cambiando a la Huasteca

Huasteca Potosina.- Detrás de cada kilogramo de azúcar que llega a la mesa existe una enorme cantidad de agua utilizada durante su producción: entre 1,500 y 3,030 litros, de acuerdo con los datos retomados en una investigación académica sobre la industria cañera y sus efectos en comunidades de la Huasteca Potosina y el Valle del Cauca, Colombia.

El estudio, realizado por la maestra Elizabeth Carrera Llamas y presentado en El Colegio de San Luis, pone sobre la mesa una pregunta que va más allá de cuánto azúcar consumen las familias: ¿quién controla el agua y quién termina pagando las consecuencias de su uso industrial?

La investigación compara la realidad de Tambaca, en San Luis Potosí, y el Valle del Cauca, dos regiones donde la producción de caña tiene un peso importante en la economía, pero donde existen diferencias profundas en la propiedad de la tierra y en la relación entre los trabajadores, las empresas y el agua.

Uno de los principales planteamientos del estudio es que el problema del agua no puede analizarse únicamente desde el campo. La caña forma parte de una agroindustria, es decir, una actividad que comienza con el cultivo y continúa con el procesamiento de la materia prima en los ingenios. Por ello, el consumo de agua debe analizarse considerando todo el proceso productivo.

En el caso colombiano, la investigación señala que el sector cañero concentra 64 por ciento del agua superficial y 88 por ciento del agua subterránea del Valle del Cauca. Mientras una parte importante del recurso está destinada a la actividad productiva, comunidades cercanas enfrentan dificultades para acceder al agua.

La autora plantea así una discusión distinta sobre la llamada escasez. El problema, explica a partir de otros investigadores, no necesariamente significa que el agua haya desaparecido, sino que su acceso puede estar concentrado y depender de quién tiene el control sobre el territorio y los recursos.

La comparación también muestra diferencias en la propiedad de la tierra. En México, particularmente en zonas como Tambaca, existen ejidos, terrenos de propiedad social en los que los campesinos pueden organizarse y participar en la negociación relacionada con la producción cañera.

En Colombia, en cambio, la investigación describe una mayor concentración de tierras vinculadas a los ingenios azucareros y a grupos familiares con una fuerte presencia económica y política. Esta diferencia también se refleja en las condiciones laborales de los trabajadores de ambos países.

Uno de los puntos más fuertes del estudio se encuentra precisamente en la situación de los corteros de caña colombianos. La investigación señala que 76 por ciento de estos trabajadores están vinculados mediante Cooperativas de Trabajo Asociado, una figura laboral que, según el estudio, dejó a numerosos trabajadores sin las mismas posibilidades de sindicalización y negociación colectiva que tendrían bajo una relación laboral tradicional.

El panorama descrito incluye jornadas que pueden alcanzar 70 horas semanales y trabajadores de 70 y hasta 75 años que continúan cortando caña debido a la falta de una pensión que les permita retirarse.

Pero el problema no termina en el campo laboral. En la Huasteca Potosina, el estudio coloca al río como parte de la vida cotidiana de las comunidades, no simplemente como una fuente de agua.

En lugares como Tambaca, los habitantes han utilizado históricamente los ríos para bañarse, lavar ropa, transportar agua, regar plantas y convivir con sus familias. Esa relación cambia cuando el agua también se convierte en un insumo fundamental para actividades agrícolas, industriales y turísticas.

El estudio documenta además señalamientos de habitantes de la zona contra el Ingenio Alianza Popular, relacionados con contaminación del Río Gallinas. Entre los problemas mencionados aparecen mortandad de peces, afectaciones por residuos industriales y el llamado “tizne”, partículas provenientes de las calderas que los pobladores relacionan con problemas respiratorios.

La investigación refiere también un episodio ocurrido en 2019, cuando autoridades ambientales intervinieron ante un problema relacionado con contaminación y muerte de peces. Los habitantes, de acuerdo con el estudio, han exigido medidas para reducir las emisiones y evitar afectaciones al río.

A esto se suma otra actividad que depende directamente del agua: el turismo.

La Huasteca Potosina vende precisamente aquello que la industria y la agricultura necesitan para producir: ríos, cascadas, pozas y paisajes naturales. Por ello, la región enfrenta una competencia por el recurso entre diferentes actividades económicas que buscan aprovechar el mismo territorio.

El caso de El Trampolín, en Agua Buena, también aparece en la investigación como ejemplo de cómo espacios que anteriormente eran utilizados de manera comunitaria pueden terminar bajo esquemas privados de aprovechamiento turístico, generando nuevas formas de cobro y restricciones para habitantes y comerciantes locales.

El estudio plantea entonces una pregunta incómoda: cuando se habla de desarrollo, ¿quién gana y quién asume los costos?

La investigación cuestiona los modelos que presentan la tecnificación y expansión de la agroindustria como una respuesta automática a los problemas del campo y del agua. Desde esta perspectiva, aumentar la producción no necesariamente significa mejorar las condiciones de las comunidades que viven alrededor de los cultivos y los ingenios.

En el caso de la Huasteca, el debate adquiere especial importancia porque la caña, los ingenios, los ríos, el turismo y las comunidades están conectados por el mismo recurso: el agua.