Los jóvenes se van y los músicos fallecen
Tanquián de Escobedo, S.L.P.– Una de las expresiones musicales más representativas del pueblo tének enfrenta una amenaza silenciosa en la Huasteca Potosina: el Pulik Son, también conocido como la Danza Grande de Malinche, corre el riesgo de desaparecer ante la falta de nuevas generaciones que continúen una tradición transmitida durante décadas de padres y abuelos a sus descendientes.
La advertencia surge de un proyecto de innovación pedagógica desarrollado por Mariel Elena Lara, estudiante de la Licenciatura en Educación Musical de la Universidad Veracruzana, quien documentó las dificultades que enfrenta esta práctica tradicional en comunidades de Tanquián.
El problema es evidente: los músicos y danzantes que mantienen vivo el Pulik Són son, en su mayoría, personas mayores. Algunos enfrentan dificultades para desplazarse o escuchar y otros han fallecido, llevándose consigo parte de un conocimiento que durante generaciones se transmitió principalmente de manera oral y práctica.
A esta situación se suma la migración. Muchos jóvenes de las comunidades han tenido que salir hacia ciudades como Monterrey y San Luis Potosí en busca de empleo, alejándose de las prácticas culturales que durante generaciones dieron identidad a sus comunidades.
Y cuando los últimos portadores de una tradición desaparecen sin haber transmitido sus conocimientos, no solo se pierde una melodía: también desaparecen historias, símbolos, rituales y una parte de la memoria colectiva.
UNA DANZA QUE ES MUCHO MÁS QUE MÚSICA
El Pulik Són no representa únicamente una expresión artística. Es parte de la vida ceremonial y comunitaria del pueblo tének y acompaña celebraciones, agradecimientos, rituales y prácticas relacionadas con la espiritualidad.
En su ejecución participan músicos que dominan instrumentos como el violín, el arpa y la jarana pequeña, conocida como tsentsen ajab, además de los danzantes y el Káwlómej, quien cumple funciones de guía y transmisor de conocimientos dentro de la danza.
Las mujeres también desempeñan un papel fundamental, tanto en la danza como en la preparación de alimentos tradicionales y en el uso de prendas ceremoniales como el dhayemláb, cuyos bordados contienen elementos relacionados con la cosmovisión tének.
Cada elemento tiene un significado. Los colores, los bordados, los instrumentos, los movimientos y las melodías forman parte de un lenguaje cultural que ha sobrevivido gracias a la memoria de quienes lo aprendieron de sus antepasados.
EL CONOCIMIENTO QUE PODRÍA PERDERSE
Los testimonios recogidos durante el trabajo de campo muestran que el aprendizaje del Pulik Són ocurre principalmente mediante la observación, la práctica y la convivencia con quienes poseen el conocimiento.
El músico Emilio Martínez, por ejemplo, explicó que aprendió escuchando a su padre, quien también era músico. No hubo necesariamente una enseñanza formal: la música se aprendía estando cerca de quien la ejecutaba.
Otros músicos incluso relacionan el aprendizaje de determinadas melodías con experiencias espirituales y sueños vinculados con Santa Cecilia, considerada patrona de los músicos.
Ese carácter oral y comunitario hace que la desaparición de los últimos músicos represente un riesgo particularmente grave.
UNA PROPUESTA PARA QUE LA TRADICIÓN NO QUEDE EN EL OLVIDO
Ante este panorama, la investigación plantea utilizar la educación como una herramienta para acercar esta tradición a las nuevas generaciones.
Junto con un equipo de diseñadoras de la Universidad Gestalt de Diseño, Lara desarrolló un kit didáctico dirigido principalmente a niñas y niños, con materiales que permiten conocer los personajes, instrumentos y elementos que forman parte de la Danza Grande de Malinche.
El material incluye tarjetas educativas con nombres en tének y español, códigos QR con audios explicativos, un cuento ilustrado titulado “El Sueño de Micaela”, traducido al tének, además de actividades para colorear y otros recursos.
La intención no es únicamente enseñar música. El proyecto busca que las nuevas generaciones conozcan también su lengua, territorio, historia, identidad y los valores comunitarios asociados con esta expresión cultural.
LA COMUNIDAD TAMBIÉN TIENE LA PALABRA
Uno de los aspectos relevantes de la propuesta es que el conocimiento no fue tomado simplemente como material de investigación.
Durante el trabajo de campo se realizaron entrevistas con músicos y danzantes de comunidades como La Sagrada Familia y Santa Elena, quienes compartieron sus conocimientos sobre los instrumentos, la indumentaria, los rituales y la manera en que se aprende la danza.
La propuesta contempla que el material educativo regrese a las propias comunidades, como una forma de reciprocidad hacia quienes hicieron posible la documentación.
Porque el reto no consiste solamente en registrar una tradición antes de que desaparezca. El verdadero desafío es conseguir que las nuevas generaciones quieran aprenderla, practicarla y hacerla parte nuevamente de su vida cotidiana.
QUE EL SILENCIO NO SEA EL FINAL
El Pulik Són representa una parte de la memoria viva del pueblo tének. Su posible desaparición no sería únicamente la pérdida de una danza: significaría que una generación dejaría de escuchar las melodías que acompañaron a sus antepasados, de reconocer sus símbolos y de comprender los rituales que forman parte de su identidad.
La migración, el envejecimiento de los portadores del conocimiento y la falta de espacios educativos donde se enseñen estas expresiones culturales han colocado a la tradición en una carrera contra el tiempo.
El proyecto impulsado desde la Universidad Veracruzana representa un primer esfuerzo para documentar y acercar esta manifestación a las infancias.
Pero la supervivencia del Pulik Són dependerá, finalmente, de que exista una nueva generación dispuesta a tomar el violín, la jarana, el arpa y los pasos de la danza para continuar una historia que sus abuelos se negaron a dejar morir.
Porque mientras alguien siga tocando, bailando y enseñando el Pulik Son, la memoria tének seguirá viva.