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¿“Fracking o Soberanía Energética?

El Verdadero Dilema: Evolución vs. Estancamiento

Juan Felipe Cisneros Sánchez / Observatorio Indígena Mesoamericano.

Hay que tener cuidado con lo que a veces plantea la academia, porque es común que se encierren en un falso dilema sus análisis. Por ejemplo; el propio nombre del foro al que te invita el COLSAN “Fracking o Soberanía Energética? es ya un absurdo que busca llevar la conversación y el análisis a un campo que es un callejón sin salida ocultando el verdadero dilema

Falso dilema: la disyuntiva entre «fracking o soberanía energética» es, desde la perspectiva del análisis crítico y de la realidad de las comunidades, una falsa equivalencia.

Esa narrativa suele presentarse desde una visión tradicional y centralizada de la economía, pero pasa por alto que la verdadera soberanía no puede construirse a costa de la viabilidad de los territorios, el agua y la libre determinación de los pueblos y comunidades indígenas.

El verdadero dilema es el estancamiento tecnológico y un modelo extractivista obsoleto:

1. La Soberanía Energética no se debe depositar en el Monocultivo Fósil

Hacer depender la soberanía de una sola fuente (y además ultra-contaminante) es lo opuesto a la seguridad energética. La verdadera independencia y resiliencia provienen de la diversificación de la matriz energética.

Alternativas: a transición hacia la energía solar, eólica, geotérmica e incluso formas avanzadas de energía nuclear (atómica) permite generar energía local sin comprometer los acuíferos ni la estabilidad geológica de regiones vulnerables, como las zonas kársticas de la Huasteca, donde el subsuelo es especialmente permeable y frágil.

2. El Costo Oculto de la «Soberanía» Fósil

El argumento pro-fracking ignora las externalidades negativas (los costos sociales y ambientales que no pagan las empresas, pero sí las comunidades):

El agua como prioridad: El fracking requiere millones de litros de agua por pozo, mezclada con químicos tóxicos. En un contexto de crisis climática y escasez hídrica, cambiar agua limpia por hidrocarburos de difícil acceso no es soberanía; es hipotecar el futuro de la vida y de la agricultura comunitaria.

Derechos Indígenas: El artículo 2 de la Constitución Mexicana y el Convenio 169 de la OIT protegen la libre determinación y el derecho a la consulta previa, libre e informada sobre los recursos naturales en territorios indígenas. Imponer proyectos de fractura hidráulica violenta este marco legal básico.

3. El Verdadero Dilema: Evolución vs. Estancamiento

El encierro en la economía fósil responde más a la inercia de la «industria negra» y a la protección de grandes capitales e infraestructuras existentes que a una imposibilidad técnica. La resistencia a dar el salto tecnológico frena el desarrollo de patentes, la investigación científica local y la descentralización de la energía (como las micro-redes comunitarias de energía solar, donde las propias comunidades gestionan su electricidad).

El dilema real no es «fracking o soberanía», sino «transición energética justa y sustentable con respeto a los pueblos vs. dependencia fósil con devastación territorial».

Encajonar la discusión en que la única forma de ser soberanos es destruyendo la tierra es una narrativa reduccionista. La soberanía energética del siglo XXI debe ser limpia, diversa y, sobre todo, compatible con la vida y la autonomía de las comunidades que custodian los bienes naturales.

El dilema entre el bien común y la corporativización del progreso.

Para ilustrar mejor esto recordemos la célebre confrontación entre Nikola Tesla y Thomas Edison (conocida históricamente como la «Guerra de las Corrientes») no fue solo una competencia entre dos tecnologías (Corriente Alterna vs. Corriente Continua); fue un choque radical entre dos visiones del mundo.

Edison no solo era un inventor, era un empresario pragmático y el pilar de un naciente complejo financiero-industrial. Su visión de la electricidad requería una infraestructura pesada y local: centrales eléctricas en cada vecindario y una densa red de cables de cobre.

Para que este modelo fuera rentable, la energía tenía que ser medible y canalizada. Había que poner un contador en cada casa para poder cobrar por cada kilovatio-hora consumido. Su infraestructura física (los cables) era el mecanismo perfecto para asegurar el monopolio y la privatización de un flujo energético.

Tesla concebía el universo como un sistema dinámico lleno de energía libre y disponible. Para él, la Tierra y la atmósfera formaban un gigantesco conductor natural. Su proyecto más ambicioso, materializado en la Torre de Wardenclyffe, buscaba demostrar que se podía transmitir energía de forma inalámbrica utilizando la propia ionosfera del planeta.

La idea de Tesla era que cualquier persona, plantando una antena sencilla en su patio, pudiera sintonizar esa frecuencia y obtener electricidad de forma gratuita. Cuando su principal financista, el magnate J.P. Morgan, se dio cuenta de que no se podía poner un «contador» en el aire para cobrar por esa energía inalámbrica, retiró los fondos de inmediato, condenando el proyecto al abandono.

Se impuso deliberadamente un modelo de escasez artificial y control centralizado sobre una fuerza de la naturaleza que es, por definición, abundante.

Al optar por el modelo de cableado y privatización, la sociedad occidental definió la electricidad no como un derecho humano o un bien común de la humanidad (como el aire), sino como una mercancía sujeta a las leyes del mercado.

Ese diseño original es el que hoy permite que las corporaciones decidan qué comunidades tienen luz y cuáles se quedan a oscuras, o qué territorios deben ser sacrificados (mediante el fracking o la minería a gran escala) para mantener encendida la maquinaria industrial.

La misma lógica corporativa que en el siglo XIX encerró la electricidad en cables para poder venderla, es la que hoy intenta encadenar nuestra matriz energética a los hidrocarburos fósiles, ocultando o frenando la evolución hacia alternativas descentralizadas para proteger sus inversiones.

¿Entonces que queremos? ¿Soberanía Energética? apostemos al futuro, a la evolución, no a la destrucción ni al estancamiento.

No debemos continuarrespondiendo a la inercia de la «industria negra» y a la protección de grandes capitales e infraestructuras existentes, hay que dar el salto tecnológico dando adelante al desarrollo de patentes, la investigación científica local y la descentralización de la energía donde las propias comunidades gestionen su electricidad.

Reitero: El dilema real no es «fracking o soberanía», sino «transición energética justa y sustentable con respeto a los pueblos vs. dependencia fósil con devastación territorial».