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Hijos asesinos: el dolor que se transforma en sangre

Un crimen que dejó de ser excepción

Por Rigoberto González

En San Luis Potosí, los lazos familiares más íntimos han comenzado a teñirse de sangre, aunque el parricidio -el acto de matar al propio padre o madre- parecía reservado a relatos lejanos o patológicos, su presencia se ha vuelto inquietantemente real en la sierra, las zonas indígenas y colonias marginadas.

Los crímenes no solo estremecen por su brutalidad, sino por la pregunta que resuena tras cada caso: ¿qué puede llevar a un hijo a convertirse en el verdugo de quien le dio la vida?

“El diablo” y la tarde manchada de sangre

Una tarde de junio de 2024 aún parecía tranquila en el fraccionamiento El Carmen 2 de Ciudad Valles cuando los gritos de auxilio rasgaron el aire, minutos después, la escena era de pesadilla: una madre y una hija apuñaladas a plena luz del día, un hombre reducido por vecinos enfurecidos.

Héctor N., apodado “El diablo”, no solo había atacado a estas mujeres, momentos antes, en otro sector, había asesinado brutalmente a su padre; un rastro de violencia, drogas y resentimientos no resueltos unía ambos episodios. Este no fue un hecho aislado: fue un reflejo de una descomposición profunda, donde el parricidio ya no es una rareza sino un síntoma de múltiples fracturas sociales.

Hijos asesinos: el dolor que se transforma en sangre

Un crimen invisible en las estadísticas

El parricidio, tipificado como el homicidio de un ascendiente, descendiente o cónyuge con conocimiento de la relación, es castigado con penas de hasta 50 años en San Luis Potosí, sin embargo, su verdadera magnitud es difícil de medir: las cifras oficiales carecen de desgloses específicos, y la “cifra negra” de delitos no reportados empaña cualquier intento de cuantificación.

En México, de los más de 36,000 homicidios dolosos registrados en 2020, se estima que entre el 1% y el 2% corresponden a parricidios, una proporción baja, pero de consecuencias devastadoras.

En San Luis Potosí, donde el 28.2% de los hogares ha reportado algún tipo de delito, la violencia familiar sigue siendo una herida abierta, especialmente en regiones marginadas como la Huasteca.

Hijos asesinos: el dolor que se transforma en sangre

Las raíces de un asesinato familiar

¿QUÉ LLEVA A UN HIJO A MATAR A QUIEN LE DIO LA VIDA?

Los estudios criminológicos coinciden en identificar tres factores clave: El primero es el consumo de drogas.

En numerosos casos, el parricida ha estado bajo el influjo de sustancias como el “cristal”, una metanfetamina capaz de disparar episodios de paranoia y violencia extrema.

Héctor N., por ejemplo, dio positivo a esta droga el día de los ataques.

El segundo es la presencia de trastornos mentales no diagnosticados o mal tratados, hasta un 72.5% de los parricidas sufre de condiciones como esquizofrenia, psicosis o trastornos explosivos.

El tercero, y quizás más desgarrador, es el historial de violencia dentro del hogar, muchas veces, el acto letal es la culminación de años de abusos, gritos, golpes y silencios cómplices.

Hijos asesinos: el dolor que se transforma en sangre

Un estallido anunciado

Para el psicólogo clínico Arturo Morán Arellano, el parricidio es el resultado de una “olla de presión emocional”, la combinación de una educación autoritaria, el consumo de drogas y la falta de canales de comunicación genera un cóctel explosivo.

“Muchos padres siguen aplicando modelos de crianza basados en el miedo y el castigo, sin entender que vivimos en otra época”, explicó Morán Arellano.

A esto se suma que muchos jóvenes carecen de redes de apoyo para manejar la ira o el resentimiento acumulado.

“La agresión genera agresión”, sentenció.

Algunos casos incluso podrían estar vinculados a trastornos como el trastorno explosivo intermitente, donde episodios repentinos de furia irracional escapan al control consciente del individuo.

Hijos asesinos: el dolor que se transforma en sangre

Cuando la defensa se convierte en tragedia

No todos los casos de parricidio son iguales. En octubre de 2024, en El Varal, municipio de Tamasopo, un joven mató a su padre a machetazos, presuntamente en defensa propia tras años de violencia y alcoholismo del progenitor; algo similar ocurrió en El Naranjito, Aquismón, en 2018, donde un hijo acabó con la vida de su padre a hachazos tras presenciar nuevas agresiones contra sus hermanas.

Ciudad Valles también ha sido escenario de estas tragedias familiares.

En 2023, un joven fue arrestado por la muerte de su padre, un ex militar, en circunstancias que intentó disfrazar como enfermedad natural, un año antes, otro joven asesinó a su progenitor con un bate, en medio de una pelea alimentada por las adicciones.

Aunque cada historia tiene matices distintos, el patrón general es alarmante: jóvenes que crecieron en hogares violentos, que fueron víctimas antes de convertirse en victimarios.

Una familia rota, un crimen anunciado

En muchos de estos casos, la figura del padre no representa protección ni guía, sino miedo y sometimiento, la violencia, repetida generación tras generación, se normaliza hasta que un día estalla de manera brutal.

 Los hijos, en este contexto, no siempre son meros criminales, a menudo son sobrevivientes de un entorno hostil, víctimas de una cadena de abusos que no supieron —o no pudieron— romper de otro modo.

Cuando la sangre corre dentro de la familia, la pregunta inevitable no es solo “¿por qué lo hizo?”, sino “¿cuántas señales ignoramos antes de que fuera demasiado tarde?”.

Parricidio como espejo social

El parricidio revela una verdad incómoda: las fracturas más profundas no siempre están a la vista. Surgen dentro de los hogares, entre paredes donde deberían habitar el amor y la confianza.

La falta de programas eficaces de prevención, la precariedad de los servicios de salud mental, la epidemia de drogas como el “cristal” y la persistencia de modelos de crianza basados en la violencia configuran un terreno fértil para estas tragedias.

Mientras tanto, la pregunta se mantiene: ¿cuántos más deberán morir para que entendamos que la violencia no se gesta en las calles, sino en los hogares?

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