Por qué la lógica más elemental exige detener la amenaza extractivista en la gran región biocultural de México
Juan Felipe Cisneros Sánchez / Observatorio Indígena Mesoamericano.
Existe una ceguera tecnocrática que insiste en medir la riqueza de un territorio por lo que puede extraerse de sus entrañas, ignorando el valor humano, material e inmaterial de lo que vive y respira en su superficie. La Huasteca —esa majestuosa franja que no entiende de fronteras estatales ficticias y que une los destinos de San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo, Tamaulipas, Puebla y Querétaro— es hoy el epicentro de una contradicción histórica. Se le pretende tratar como un Distrito Petrolero o una zona de sacrificio energético, cuando la lógica más elemental, la ciencia y la razón humana nos advierten que tocar su subsuelo con técnicas como el fracking o la explotación intensiva de hidrocarburos sería un acto de destrucción irreversible.
La Huasteca posee un cuerpo soberbio por su belleza y riqueza, pero infinitamente frágil en su estructura.
La clave de esta fragilidad no es un secreto; está escrita en su geología. La región está cimentada sobre un relieve cárstico: una inmensa esponja de roca caliza que, a lo largo de millones de años, ha sido labrada por el agua. Hablar de la Huasteca es hablar de un territorio donde el subsuelo y la superficie son el mismo organismo. Sus ríos cristalinos, sus pozas turquesas y sus imponentes abismos —como el Sótano de las Golondrinas o el Sótano del Barro— no son accidentes aislados, sino las ventanas visibles de una red interconectada de acuíferos, cavernas y ríos subterráneos.
Inyectar millones de litros de agua mezclada con sustancias tóxicas en un suelo tan poroso equivale a derramar veneno directamente en las venas abiertas de la región. La lógica es contundente: en la Huasteca no hay aislamiento posible. Lo que se entierre o se fracture en el subsuelo brotará inevitablemente en los manantiales, en los pozos comunitarios y en las parcelas de las que dependen más de cinco millones de vidas. Para los pueblos que la habitan —donde cerca del 60% se autoadscribe con orgullo como indígena Teenek, Náhuatl, Totonaco, Xi’úi, Hñähñu y Tepehua— esto no es un debate económico; es una amenaza existencial. Sin agua limpia y sin suelo fértil, se disuelve la milpa, se extingue el huerto tradicional y se fuerza el destierro de culturas milenarias enteras.
Ningún concepto de soberanía energética nacional, por legítimo que pretenda ser, puede colocarse por encima de la mismísima existencia humana ni comprometer el porvenir de una nación que necesita de la Huasteca viva como el pulmón y el paraíso que es. Diseñar el futuro del país sobre las ruinas de sus comunidades no es soberanía, es un despropósito ético. Empujar estos proyectos en el territorio es, además, encender la mecha de un caos social innecesario; quienes habitan estas tierras son herederos de una dignidad comunitaria profunda, guardianes que forman parte de ese México bronco cuyo despertar siempre ha sido impredecible cuando se atenta contra su supervivencia y su libertad.
La verdadera vocación de este territorio no está en el colapso fósil, sino en la vida. La Huasteca es, por derecho propio, una de las reservas hídricas más estratégicas del país y una potencia agroforestal latente. Sus selvas y sus raros bosques de niebla —hogar del jaguar, del loro huasteco y de especies botánicas únicas— son los encargados de capturar la lluvia que abastece las cuencas de los ríos Pánuco, Tuxpan y Tecolutla. Apostar por modelos productivos sostenibles, como el café de sombra, la vainilla y el manejo comunitario forestal, es la única vía racional para generar bienestar sin mutilar la tierra.
No hace falta quebrarse la cabeza ni perderse en laberintos técnicos. Si atendemos a la razón y nos apegamos a proteger la esencia de la vida, la conclusión es ineludible: el subsuelo de la Huasteca no se toca. Destruir un santuario biocultural por un beneficio energético efímero no es progreso; es un error histórico que las próximas generaciones pagarán con sed, hambre y muerte.
Hoy, las comunidades indígenas de la Huasteca están saliendo a manifestarse en las carreteras, pueblos y ciudades, principalmente en las regiones potosina, veracruzana y poblana. Pero no marchan solos: sus voces no serán calladas por el silencio, pues les siguen miles de conciencias que se solidarizan por la vida. A gritos exigen que la Presidenta de la República, por la que votaron con la esperanza de prohibir el fracking en la ley, y en quien han confiado bajo la promesa de no ser traicionados, mantenga firme su compromiso de no dar paso a la fracturación hidráulica ni a la minería a cielo abierto. Los pueblos indígenas de la Huasteca, madre de las culturas del Golfo, le exigen además que no se deje presionar por un vecino agresivo e infame. Porque estos pueblos son los mejores hijos de México e históricamente han enfrentado las intervenciones cuerpo a cuerpo: “Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa ¡oh patria querida! que el cielo un soldado en cada hijo te dio”.
Es momento de que la política escuche a la lógica del territorio y a la voz de sus pueblos. La Huasteca debe seguir siendo indígena, autónoma, verde, azul: un patrimonio de diversidad y un monumento a la vida. No la tiñamos de sangre, ni la convirtamos en un infierno.