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La milpa se apaga en la zona Huasteca

Dejó de sembrarse en conjunto frijol y la calabaza, con ello también desaparece una parte de la identidad indígena

Rigoberto González

En las comunidades indígenas de la Huasteca potosina, el silencio del campo comienza a decir más que las cosechas, antes crecían juntos el maíz, el frijol, la calabaza, el chile y los bledos, hoy muchas parcelas lucen reducidas a una sola planta. La milpa tradicional —base de la alimentación y de la cultura campesina durante siglos— se encuentra en retroceso.

Así lo advierte una investigación del antropólogo José Joel Lara González, publicada en 2025 en la revista académica Revista Antrópica, donde documenta cómo las familias tének de municipios como Aquismón están abandonando paulatinamente el sistema tradicional de policultivo.

La milpa no era solamente un método agrícola. Era una forma de organización comunitaria, de alimentación y de relación con la naturaleza. En una misma parcela convivían distintas especies que se ayudaban entre sí: el frijol nutría la tierra con nitrógeno, la calabaza protegía el suelo del calor y el maíz servía como soporte natural para otras plantas. Todo estaba conectado.

El estudio revela que muchas familias ya solo siembran maíz. Otras combinan algunos cultivos comerciales como yuca, plátano o naranja, pero cada vez son menos quienes conservan la milpa completa como la trabajaban sus abuelos.

Detrás de este cambio existe una realidad económica que golpea al campo indígena.

Sembrar policultivos implica más trabajo, más semillas y mayor inversión de tiempo. Para familias que sobreviven con ingresos limitados, resulta más práctico concentrarse únicamente en el maíz. A eso se suma que los programas gubernamentales durante años han favorecido modelos agrícolas basados en monocultivos y fertilizantes químicos, dejando en segundo plano los sistemas tradicionales campesinos.

El problema también tiene una raíz comercial: mientras el maíz todavía representa una posibilidad de ingreso económico, productos como el frijol o la calabaza apenas alcanzan para el autoconsumo y generan poca rentabilidad en el mercado.

Con la desaparición de la milpa tradicional también cambia la alimentación de las familias. Hay menos proteína natural al dejar de sembrar frijol, menos vitaminas al desaparecer cultivos como la calabaza y una mayor dependencia de alimentos industrializados o comprados fuera de la comunidad.

Además, los suelos pierden fertilidad y se vuelven más vulnerables a plagas y sequías. Pero quizá la pérdida más profunda sea cultural: conocimientos transmitidos durante generaciones comienzan a desaparecer junto con las semillas nativas y las formas ancestrales de trabajar la tierra.

El investigador plantea que el rescate de la milpa no puede depender solamente de los campesinos. Propone que universidades, científicos, autoridades y comunidades trabajen de manera conjunta para proteger estos sistemas agrícolas tradicionales que durante siglos garantizaron alimento y equilibrio ambiental.