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Huasteca: la pobreza que no se va

Darío Almazán Hernández

En la Huasteca potosina, la pobreza no es una estadística aislada: es una condición estructural que atraviesa generaciones. Los datos más recientes del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) confirman lo que en campo se percibe todos los días: una región donde la mayoría vive con carencias profundas y persistentes.
En San Luis Potosí, al menos 19 municipios —la mayoría ubicados en la Huasteca— registran que más del 60 por ciento de su población indígena vive en condiciones de pobreza. Municipios como Aquismón, Xilitla, Tamazunchale, Tancanhuitz, Matlapa o Tanlajás concentran esta realidad, marcada por la presencia de pueblos originarios náhuatl, tének y pame, históricamente excluidos del desarrollo económico.
Esta condición no es menor: San Luis Potosí ocupa el séptimo lugar nacional en número de municipios con población indígena en pobreza, solo por debajo de entidades con rezagos estructurales como Chiapas, Oaxaca o Guerrero.
Pero la pobreza en la Huasteca no solo se mide por ingreso. Es multidimensional. Es decir, implica carencias simultáneas en derechos básicos. Estudios regionales basados en Coneval revelan que en zonas huastecas similares, hasta el 64 por ciento de la población vive en pobreza, con más de 80 mil personas en pobreza extrema.
Las carencias más graves son contundentes:
73% de la población sin acceso a seguridad social
61.9% sin servicios básicos en la vivienda
30% con problemas de calidad y espacio en su hogar
30% con carencia alimentaria
26.7% en rezago educativo
En regiones huastecas aún más marginadas, los niveles son incluso más altos: hasta el 70.2 por ciento de la población en pobreza, con más de 181 mil personas en pobreza extrema.
El rostro más crudo de esta realidad es indígena. A nivel nacional, las personas hablantes de lenguas originarias enfrentan una pobreza extrema de hasta el 29 por ciento, muy por encima del promedio nacional de 5.3 por ciento. Esta brecha se refleja con claridad en la Huasteca, donde la pertenencia étnica sigue siendo un factor determinante de exclusión.
La pobreza en la región también está ligada al abandono histórico del campo. Aunque actividades primarias como la agricultura han mostrado crecimiento económico en el estado, este no se traduce en bienestar para las comunidades rurales. La riqueza generada no permea en quienes trabajan la tierra.
A esto se suma un patrón persistente: viviendas sin drenaje, comunidades sin acceso regular a agua potable, caminos en mal estado y servicios de salud insuficientes. La pobreza se reproduce no solo por falta de ingresos, sino por la ausencia de condiciones mínimas para el desarrollo.
Especialistas advierten que, sin intervención efectiva, la Huasteca enfrenta un riesgo permanente de reproducción de ciclos de marginación, donde la pobreza se hereda.
En este contexto, la pobreza deja de ser un indicador técnico y se convierte en una forma de vida impuesta. En la Huasteca potosina, no es solo cuánto se gana, sino todo lo que falta.