Darío Almazán Hernández
Eran las tres de la tarde y el sol no tenía piedad, en plena primavera, los rayos del sol caían con todo su peso sobre Ciudad Valles, quemando el suelo, las paredes y las ideas.
En la esquina de la calle Juárez con Morelos, mientras esperaba a mi esposa, el tiempo parecía detenido bajo ese calor que dobla la ciudad.
Fue entonces cuando apareció, un hombre tan flaco que parecía una sombra, apenas dibujado entre la vida y el olvido, se acercó al bote de basura de ahí del OXXO de la esquina como quien llega a un festín.
Hurgó con las manos temblorosas, urgentes, sin pudor, porque el hambre no entiende de vergüenza.
Sacó un balde sucio, un envoltorio manchado, un vaso roto… y se los llevó a la boca como si fueran manjares, lo vi sobarse la panza, no por saciedad, sino por costumbre, como si ese gesto pudiera engañar al vacío.
Como hacen los niños cuando no hay nadie que los abrace.
Decidí seguirlo, arrastraba un viejo mecate.
Caminó por la zona del Palacio Municipal de Ciudad Valles, bordeando la plaza principal, hasta tomar la avenida Pedro Antonio Santos.
Fue entonces cuando entendí: al final del cordel no había un perro, sino una botella vacía de Coca-Cola.
Pero él no lo veía así.,
La miraba distinto, la trataba con cuidado.
La llevaba con una ternura que desarmaba, como si tuviera cuatro patas, como si respirara, como si le devolviera compañía en medio del abandono. Alcancé a tomarle una fotografía, el siguió, ajeno a todo, aferrado a esa ilusión que, quizás, era lo único que le quedaba.
En la zona de los mercados, donde el bullicio es constante y la prisa no se detiene, no es raro ver a personas como él deambular pidiendo una moneda para comer. Rostros que se vuelven paisaje, historias que nadie escucha.
Y, sin embargo, ahí estaba él, caminando con su perro que no ladraba.
Mientras se alejaba bajo el mismo sol que todo lo quema, entendí que tal vez no estaba tan solo como creíamos. Quizás su compañero invisible lo salvaba cada día de algo más profundo que el hambre.
Porque hay vacíos que no se llenan con comida.
Y hay ausencia, que solo la imaginación logra acompañar.