Darío Almazán Hernández
En el corazón rural de la Huasteca y de otras partes de México, la tierra sigue ahí, pero cada vez hay menos manos que la trabajen.
Parcelas que antes producían maíz, frijol o sorgo hoy lucen abandonadas o, en el mejor de los casos, rentadas.
Lo que durante generaciones fue sustento, hoy se ha convertido en un símbolo del abandono.
El fenómeno no es aislado.
Es estructural.
Y tiene responsables.
Para el dirigente estatal de la CIOAC, (Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos), Pedro González Gómez, el problema va mucho más allá de campos olvidados o programas y proyectos mal aplicados .
Centros de acopio que fueron pensados para fortalecer la comercialización agrícola hoy permanecen como “elefantes blancos”.
Pero, advierte, rescatarlos no resolverá el fondo del problema.
“El campo no necesita maquillaje, necesita una transformación real”, sostiene en su diagnóstico.
Desde su perspectiva, el punto crítico está en la política agrícola y comercial del país.
El grano que llega de fuera y desplaza al de casa.
Uno de los principales señalamientos apunta hacia la apertura comercial que ha permitido la entrada masiva de maíz importado, en su mayoría de origen transgénico.
González Gómez plantea que el gobierno federal —a través de la política comercial encabezada por Marcelo Ebrard y con el aval de la presidencia de Claudia Sheinbaum— debería establecer límites a estas importaciones, al menos mientras exista producción nacional disponible.
La razón es clara: el mercado se distorsiona.
Cuando el grano extranjero entra en grandes volúmenes y a menor precio, el impacto se siente directamente en el productor local.
“Se abarata el maíz aquí y al final el campesino no puede competir”, advierte.
El resultado no es solo económico. Es social.
Tierras que se apagan, comunidades que se rompen
El efecto de esta política ya es visible en las comunidades rurales en los municipios de la zona huasteca.
Productores que durante años sembraron sus parcelas han dejado de hacerlo.
Algunos optan por rentar sus tierras a engordadores de ganado.
Otros, simplemente las venden.
Y muchos más se van.
La migración se ha convertido en la única alternativa para sobrevivir.
Destinos como Monterrey o Guadalajara reciben a campesinos que, ante la falta de condiciones, abandonaron su lugar de origen.
Pero el costo es alto.
“Ahí empieza la desintegración de las familias”, señala el dirigente.
Detrás de cada parcela abandonada hay una historia de separación, de ruptura, de ausencia.
Un modelo que no alcanza para todos
El cuestionamiento de fondo es directo: el modelo comercial vigente no está diseñado para proteger al productor nacional.
González Gómez sostiene que México sí tiene capacidad para autoabastecerse en productos básicos como maíz blanco, frijol y arroz.
No es un problema de tierra.
No es un problema de conocimiento.
Es un problema de condiciones.
Sin embargo, ocurre lo contrario: mientras el campo se queda sin sembrar, el país se llena de grano importado.
Una contradicción que, lejos de resolverse, se ha profundizado en los últimos años.
La raíz del abandono
El abandono del campo no responde a una sola causa.
Es la suma de múltiples factores:
Precios bajos para el productor
Altos costos de insumos
Falta de apoyos efectivos
Competencia desleal con mercados internacionales
Políticas públicas desconectadas de la realidad rural
El resultado es un campo que pierde competitividad y, con ello, a su gente.
“Hay tierra, hay conocimiento, pero no hay condiciones”, concluye González Gómez.
Conclusión: el país que deja de sembrarse a sí mismo
Lo que está en juego no es únicamente la producción agrícola.
Es la permanencia de las comunidades, la estabilidad de las familias y la soberanía alimentaria del país.
Cada parcela abandonada representa una oportunidad perdida.
Cada campesino que migra, una historia que se rompe.

México enfrenta una disyuntiva silenciosa: seguir dependiendo del exterior o reconstruir su campo desde adentro.
Porque cuando el campo se abandona, el país también empieza a vaciarse.
En la Huasteca potosina, el abandono del campo ya no se explica con testimonios aislados, sino con cifras que exhiben la magnitud del problema. Hasta el 40% de las parcelas en la región han dejado de producir. Cuatro de cada diez tierras están hoy improductivas o prácticamente abandonadas, marcando un quiebre en una actividad que durante décadas sostuvo la economía y la alimentación de miles de familias.
El fenómeno tiene un origen claro: la migración. Organizaciones campesinas advierten que cada vez más jornaleros están dejando sus comunidades para buscar empleo en otras entidades, incluso en actividades agrícolas, pero como mano de obra. Es decir, quienes antes trabajaban su propia tierra ahora la abandonan para sobrevivir trabajando la de otros.
La consecuencia es directa y profunda. En diversas localidades, el campo ya no garantiza ni el autoconsumo. Cultivos básicos como el maíz y el frijol, que históricamente aseguraban la alimentación familiar, han dejado de sembrarse en muchas parcelas. La tierra sigue ahí, pero ha dejado de ser suficiente para vivir.
A este escenario se suma la presión ambiental. Tan solo en la zona cañera de la Huasteca, alrededor de 94 mil hectáreas han sido afectadas por la sequía. No todas están completamente abandonadas, pero sí en condiciones que limitan o ponen en riesgo su productividad. En términos reales, se trata de decenas de miles de hectáreas que han dejado de ser confiables para el cultivo, empujando a los productores a reducir o abandonar la actividad.
El abandono no ocurre en el vacío.
Productores de la región han denunciado la falta de apoyos, la desaparición o reducción de programas y el aumento en los costos de producción. Sembrar se ha vuelto cada vez más caro e incierto, mientras las ganancias disminuyen o desaparecen. Bajo estas condiciones, la decisión de dejar la tierra deja de ser opcional.
Así, el panorama se puede leer con claridad en los números: hasta 40% del campo huasteco sin producción, miles de campesinos migrando y al menos 94 mil hectáreas afectadas por factores como la sequía. Pero más allá de las cifras, el impacto es social. Comunidades con menos población, parcelas vacías y una actividad agrícola que pierde fuerza frente a la urgencia de encontrar ingresos.
En la Huasteca potosina, el campo no solo se está quedando sin producción.
Se está quedando sin gente.