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La Ciencia del «Sordeo»: La real academia como Caballo de Troya del Fracking en México

Juan Felipe Cisneros Sánchez / Observatorio Indígena Mesoamericano

Las recientes declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no representan una postura de precaución ambiental; representan el diseño de una salida política para justificar lo injustificable. Al afirmar que «aún no se toma una determinación» y continuar delegando la decisión a un ampliado «grupo de científicos», el Gobierno Federal ha inaugurado formalmente la era de la simulación científica en materia energética. El «sordeo» —el hacerse de oídos sordos ante el clamor de las comunidades que defienden el agua, la vida y sus territorios vitales— se disfraza hoy de rigor académico, intentando envestirse de Caballo Troyano.

Para quienes hemos caminado los territorios amenazados por la devastación extractivista, la retórica del «fracking sustentable», «tecnología moderna» o de «zonas factibles donde de plano no por razones ambientales» es una trampa discursiva tan vieja como el neoliberalismo.

La fractura hidráulica no es una técnica maleable que pueda volverse «amigable con el ecosistema» en un laboratorio. Inyectar millones de litros de agua mezclados con un cóctel de químicos tóxicos a alta presión es, por definición, un acto de guerra contra la geografía, los acuíferos y la vida comunitaria e indígena.

Cuando la mandataria introduce variables como «si hay agua o no, y cómo reciclarla», comete una omisión deliberada. En un país con una crisis hídrica sistémica, plantear el «reciclaje» del agua del fracking es una utopía técnica inviable y un insulto a las regiones que ya padecen sequías extremas. El agua utilizada en la fractura queda permanentemente contaminada con elementos radiactivos y metales pesados del subsuelo; no regresa al ciclo vital de la agricultura ni del consumo humano.

El verdadero peligro de las declaraciones de este 24 de junio – día de San Juan, vinculado a las lluvias- radica en la fragmentación del territorio. Al abrir la puerta a que el fracking se aplique «donde sea factible», el gobierno está zonificando al país en regiones de sacrificio. ¿Quiénes vivirán en esas zonas supuestamente «viables»? Como siempre, las comunidades campesinas e indígenas de las cuencas petroleras, cuyos derechos de consulta y autonomía territorial han sido vulnerados sistemáticamente en este proyecto petrolero y de gas, en nombre de una malentendida «soberanía energética»; añadiendo que, la presidenta intenta ir configurando una intentona de consulta, por demás extemporánea como de mala fe. Cuando regiones enteras, ante la omisión de consulta han manifestado su no consentimiento al fracking.

La «soberanía energética» que plantea este gobierno bajo el amparo de la fractura hidráulica es un falso paradigma. No hay soberanía posible cuando se compromete el futuro existencial de amplias regiones enteras, hipotecando sus suelos y sus fuentes de vida para las próximas generaciones. Lejos de garantizar la independencia del país, el fracking nos encadena a una triple subordinación:

Dependencia financiera: Al ser proyectos de altísimo costo y rápido agotamiento de los pozos, exigen una inversión multimillonaria constante que solo beneficia a los grandes capitales. Dependencia tecnológica: El control de las patentes, la maquinaria especializada y los insumos químicos sigue estando en manos de corporaciones extranjeras. Cero rentabilidad real: Esta técnica no garantiza una renta fija ni sostenible para la nación; por el contrario, los costos de remediación ambiental, salud pública e infraestructura destruida terminan superando por mucho el valor del gas extraído.

No necesitamos una «segunda fase de investigación» ni diagnósticos a modo en las conferencias mañaneras. La evidencia científica global ya es contundente y unánime: el fracking destruye. Si el gobierno actual realmente busca la «justicia social», debe dejar de titubear y cumplir con la promesa histórica de prohibir esta técnica de forma absoluta y constitucional. La soberanía energética no puede construirse desangrando la tierra ni envenenando el agua de los pueblos. Frente al rediseño del despojo con rostro de ciencia, la respuesta de las comunidades organizadas seguirá siendo firme: ¡No al fracking en México!